• El nuevo El Salvador: un futuro sombrío
    Jul 17 2026
    El oficialismo está satisfecho con “el gran cambio” que lleva a cabo. Las muestras más palpables son el centro de la capital y de algunas cabeceras departamentales, las infraestructuras de gran tamaño, las luminarias led y, sobre todo, la aprobación de una población que no pide cuentas después de siete años de gestión. La descontenta es la oposición, que insiste en la transparencia y la democracia. Las encuestas del Iudop le dan la razón al oficialismo, por ahora. La cuestión es por cuánto tiempo. Planteado de otra manera, qué posibilidades tiene ese “gran cambio” que han dado en llamar “el nuevo El Salvador” para enfatizar las novedades que hacen del país algo único. La pregunta no es ociosa. Existen señales ominosas que debieran inquietar al oficialismo. Pero este prefiere ignorarlas. Se expresa con una seguridad asombrosa sobre sus logros. La certeza de su éxito expresa la confianza, ingenua o ciega, en su líder. Esa seguridad es también inconciencia. Las consecuencias negativas que su proyecto pueda tener para el país y sus habitantes no les quitan el sueño, lo cual es comprensible, hasta cierto punto. No pocos ya han resuelto su vida a costa de la tributación de los ingresos más bajos y de la deuda. Es la misma insensatez de las cúpulas de Arena y del FMLN. Las primeras señales de que “el gran cambio” no es como el oficialismo lo imagina ya están ahí. El relato convence dentro, pero no fuera, donde es cuestionado. La violación sistemática de los derechos humanos hasta el extremo de constituir posibles crímenes de lesa humanidad ya forma parte de la agenda internacional. De puertas afuera, el oficialismo descarta despreciativamente los cuestionamientos. De puertas adentro, lo sacan de quicio. No hace mucho, el mismo vicepresidente amenazó con demandar a la prensa que lo cuestionó. En el interior, el modelo de Bukele todavía es viable gracias a la combinación de propaganda, diversión y terrorismo. Fuera, en concreto, en el sistema de la ONU y en los sectores abiertos del Congreso estadounidense y de Europa, pierde legitimidad y prestigio a ojos vista. Los gobernantes latinoamericanos que anhelaban imitarlo han ido comprendiendo que el modelo no es replicable, porque sus circunstancias son muy diferentes. Otra señal de peligro es el persistente alejamiento de la inversión extranjera directa del país, a pesar de su “gran cambio”. Este hace titulares en el extranjero gracias al turismo, la infraestructura y la seguridad física, pero los grandes inversionistas lo rehúyen y no invierten. La inversión extranjera tiende a disminuir desde hace ya algunos años por la inseguridad jurídica (en cualquier momento, sus empresas, sus inmuebles y sus cuentas pueden ser confiscadas) y por la imprevisibilidad del ordenamiento administrativo, que intempestivamente impone nuevas cargas operativas y prestaciones laborales como el adelanto del aguinaldo y la quincena veinticinco, lo cual reduce la rentabilidad de las inversiones a largo plazo. Otra advertencia de peligro es, curiosamente, el relato de éxito del modelo mismo. Si Trump lo compra, tiene una excusa para no renovar el TPS a los salvadoreños residentes en Estados Unidos y forzarlos a retornar al “nuevo El Salvador” de Bukele. Un regreso masivo desequilibrará “el gran cambio”, cuyo equilibro es ya de por sí inestable. Los retornados pondrán más presión en un país con una elevada tasa de desempleo, bajos salarios y servicios sociales exhaustos. La presión social puede alcanzar niveles peligrosos y amenazar la viabilidad del “gran cambio”. Otra consecuencia de un retorno masivo de la diáspora es la reducción drástica del monto de las remesas, justamente cuando muestran una tendencia ascendente. La disminución de este subsidio directo al consumo de bienes mayoritariamente importados reducirá el nivel de vida de miles de familias y el volumen de la actividad comercial, así como también pondrá en peligro la circulación del dólar como moneda nacional. El hecho de que Washington no se haya pronunciado sobre la renovación del TPS indica que el riesgo es real. Si la diáspora es forzada a volver, ¿qué harán los que han hecho del “gran cambio” la consigna de su reelección? No tienen ningún plan de contingencia. Tal vez ni siquiera tienen conciencia del peligro. Gobiernan el país día a día, como si fuera una tienda de barrio. Como desprecian la contingencia y la prevención, abandonarán a los retornados como a los que ya están, contraerán más deuda para sostener la liquidez y reforzarán el miedo al cambio para contener a los descontentos, que serán más. El contraste entre residir en Estados Unidos y en “el nuevo El Salvador” será brutal. El futuro del “gran cambio”. es reservado. No es claro cómo se concretará “el maravilloso proyecto de transformación del país” con el que sueña el oficialismo. Las construcciones fantasiosas son muy ...
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  • Venezuela: solidaridad y mezquindad
    Jul 13 2026
    La respuesta pronta y generosa de El Salvador a Venezuela es encomiable. Los rescatistas han sido un ejemplo de entrega y sacrificio. Las muchas toneladas de medicamentos, de alimentos y de equipos varios enviados son inapreciables en una catástrofe de gran envergadura como la que asuela a Venezuela. De esa manera, El Salvador sumó sus esfuerzos a los de otros países latinoamericanos y europeos. Lamentablemente, la pequeñez humana, siempre presente, enturbió la generosidad de los 300 integrantes del contingente salvadoreño y el altruismo de la ayuda humanitaria. La solidaridad no ha sido desinteresada. Dejando de lado las motivaciones del círculo venezolano que rodea a la familia gobernante, la intervención salvadoreña no ha podido evitar el espectáculo, grotesco, dadas las circunstancias. Casa Presidencial instrumentalizó la catástrofe para exaltar de manera poco elegante el nacionalismo, es decir, a Bukele. Utilizar la desgracia para engrandecer una figura política es repugnante. El primer miembro del contingente que descendió del avión bajó arrebujado en la bandera nacional. A una de las personas rescatadas con vida de entre los escombros también la envolvieron en la bandera, aun antes de prestarle los primeros auxilios. Los miembros del contingente la exhiben ostentosamente. El énfasis no recae en el pueblo salvadoreño, sino en Bukele, proyectado como el héroe de la misión. Durante días, su cuenta en X ha dado seguimiento a las labores de los rescatistas en segunda persona del plural. Así, habla de nosotros, escuchamos, seguimos, entregamos… como si el mismo Bukele dirigiera in situ las actividades del contingente. La cámara omnipresente le dio acceso a las operaciones de rescate, desde el primer contacto con la persona atrapada hasta su liberación. Incluso celebró el hallazgo de una mascota. Todo ello sin olvidar invocar el nombre de Dios a cada paso. Es imposible evitar comparar el interés de la cuenta presidencial en X en el desarrollo de las labores de rescate y de asistencia humanitaria, incluida la psicológica y la atención a los menores, con su total desinterés en la suerte de los damnificados salvadoreños por las recientes lluvias y en la de los desventurados, que se cuentan por decenas de miles. Es incomprensible enviar a los venezolanos alimentos, agua potable, personal sanitario, psicólogos, programas para la primera infancia, incluso veterinarios “para animales afectados”, cuando centenares de comunidades salvadoreñas carecen de ello. Sobreviven en la escasez y la desdicha, necesitadas de todo, de cuidados médicos y psicológicos. Sus hijos menores, víctimas de la desnutrición, el maltrato y el abandono también demandan cuidados especiales, actividades recreativas, espacios seguros y educación. Todo ello “sin pensar en el tiempo, sin pensar en condiciones”. La generosidad con Venezuela es agravio comparativo para las multitudes salvadoreñas desesperadas. Sus angustias y sufrimientos dejan indiferentes a la cuenta en X de Bukele. Casa Presidencial no comparte con los venezolanos desde la pobreza nacional, sino desde una liberalidad que niega a los salvadoreños. La razón de esta doblez es la propaganda. Los indigentes nacionales no son material publicitario. Más bien estorban a un régimen que cuya carta de presentación es la creación de país maravilloso. Los damnificados venezolanos, en cambio, ofrecen una oportunidad única para exhibir la generosidad y la compasión de Bukele. La Venezuela terremoteada es una ventana abierta al mundo desde la cual se proyecta un mandatario humano, magnánimo y sensible. Si en Venezuela “cada vida salvada representa una enorme esperanza”, aquí los descartados no son novedad. Siempre han estado ahí como elemento constitutivo de la realidad nacional. Su presencia molesta y perturbadora es inevitable. Por eso, “el nuevo El Salvador” los oculta detrás de megaestructuras luminosas. “El nuevo El Salvador” no es para todos. La asistencia generosamente prestada a Venezuela no es reprochable, al contrario, debe ser apreciada y agradecida, pero en su justa medida. Es innoble manipular la tragedia para servir intereses egoístas. Es injusto dar a otros lo que se niega a los propios para proyectar una imagen compasiva en un medio que se resiste a aceptar el modelo de Bukele. La tragedia invita a la solidaridad, a compartir desde la propia pobreza y de manera desinteresada. El pueblo salvadoreño ha dado muestras de ello en incontables calamidades. La sabiduría popular atesora una máxima para calificar intervenciones como la del modelo de Bukele. La reprueba por juzgarla candil de la calle y oscuridad de su casa. La coherencia pide ser luz dentro y fuera. Y mucho hay que iluminar en las interioridades de un régimen que se desenvuelve en las tinieblas. El evangelio del reinado de Dios enseña a quienes lo invocan que la mano izquierda no debe saber lo que hace la derecha (Mt 6,3). Las buenas ...
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  • Entre la seguridad y la incertidumbre
    Jul 6 2026
    Las esperanzas y temores de los salvadoreños fueron dos de los aspectos explorados en la más reciente encuesta del Iudop, en la cual la población evaluó el séptimo año de gobierno de Nayib Bukele y el segundo año de la gestión legislativa y municipal. Según el sondeo, 76 de cada 100 ciudadanos sienten esperanza al pensar en el futuro del país, mientras que 19 de cada 100 temen el porvenir. Dentro del grupo que expresa esperanza, una de las razones para sentir esa emoción gira en torno al tema de la seguridad: un tercio de estas personas tienen la expectativa de que se mantenga la situación de seguridad, esperan tener paz y tranquilidad, y vivir en un país sin pandillas, sin violencia ni delincuencia. Otro tercio indicó que su esperanza estaba puesta en aspectos como que haya mejoras en la economía, más empleo y oportunidades, progresos en los temas de vivienda, salud y educación, o que la población más vulnerable reciba ayudas. El resto del grupo hizo alusión a otros puntos: sus expectativas incluyeron poder sentirse libres, que haya continuidad en el trabajo del Gobierno, ver que el país se desarrolle y progrese, y que siga cambiando. En contraste, entre la población que siente temor al pensar en el futuro, una tercera parte dijo que lo que teme es que la economía siga mal y se llegue a una crisis, que haya más desempleo y pobreza, y que continúen aumentando los precios de los alimentos, servicios, medicinas y de la vivienda. Aproximadamente una cuarta parte de este grupo dijo que su temor era que el país regresara a los niveles previos de inseguridad, que volvieran las pandillas o que un cambio de Gobierno hiciera que el país retornara a una situación anterior. Y otra cuarta parte teme que el país se convierta en una dictadura, que haya más autoritarismo y concentración de poder, que se pierda la democracia, o que sigan las violaciones a derechos por parte del Estado. Algo que resulta llamativo en estos resultados es que una parte importante de las personas que sienten esperanza o temor lo asocian más con evitar un retroceso. Sin duda, esto refleja la profunda huella que la violencia y el asedio de los grupos criminales han dejado en la subjetividad de muchos ciudadanos. Además, sugiere que para un sector de la población la continuidad de la seguridad no está garantizada. Incluso hay dentro de este grupo quienes señalan que la tranquilidad que ahora se experimenta es algo que podría cambiar con la llegada de nuevos gobernantes. Comprender estas percepciones de la población es de especial importancia de cara a los comicios de 2027. Ello porque, en línea con lo que señala el especialista en comunicación política Sebastián Valenzuela, los mensajes de las campañas electorales suelen apelar a emociones negativas de los ciudadanos —como miedo, enojo, angustia y frustración— o por el contrario intentan evocar emociones positivas —como esperanza, gratitud, seguridad y orgullo—. La campaña de los meses venideros se desarrollará en un contexto marcado por emociones de signo contrario, esperanza y temor, que confluyen en torno a la seguridad, tema que además se identifica como el logro más destacable de la actual gestión. Los resultados de la encuesta del Iudop sobre los anhelos y temores de la ciudadanía aportan claves para el análisis de los mensajes de la próxima campaña preelectoral; en especial para analizar eventuales narrativas que asocien la preservación de la seguridad con la continuidad del régimen en el poder.
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  • El enemigo dentro del modelo
    Jul 3 2026
    “¿Por qué habla tanto de los gobiernos anteriores?”, preguntaron a Bukele en cierta ocasión. La respuesta es lógica: “Es la única forma de comparar y saber de dónde venimos, en dónde estamos y hacia dónde vamos”. Hasta aquí hace sentido. Más allá, las comparaciones con el pasado son arbitrarias. Indiscutiblemente, en algunos aspectos, el modelo de Bukele lo aventaja. Pero el relato oficialista predica que el presente es superior en todo al pasado para lo cual deja de lado los datos, las estadísticas oficiales e incluso los registros audiovisuales. Muy a su pesar, un examen minucioso encuentra más similitudes que diferencias. Los diputados actuales, igual que los del pasado, se saltan la legislación electoral impunemente. Desde hace días piden el voto abiertamente. En realidad, no lo piden para ellos, sino para Bukele, a quien deben el escaño y la candidatura para reelegirse. Quizás por eso este los deja hacer, a pesar de haber prometido imponer el orden. Hay vicios tan arraigados que es casi imposible erradicarlos. El poder tiende al descarrío, sobre todo cuando está en juego la continuidad. Al igual que sus antecesores, los diputados de hoy se dejan ver en “los territorios” donde falta casi todo. Llegan cargados de pequeños regalos, incluso con calendarios, a pesar de estar ya en la mitad del año. Lo importante no es el paso de los días y los meses, sino la enorme fotografía de Bukele que los preside. Algunos incluso participan en actividades comunitarias. Practican el asistencialismo electoral para congraciarse con el electorado y, de paso, suavizar la miseria, en lugar de introducir reformas estructurales para hacerla retroceder. Sus predecesores repartieron tamales y guaro. Después agregaron gorras, camisetas y dinero. También negociaron votos con las pandillas. Este es un vicio de todos los partidos políticos, más de los oficiales. La coyuntura apremia, dada la posibilidad de perder terreno legislativo. La corrupción es otro vicio bien arraigado, que prospera a la sombra del poder. El oficialismo desmanteló la estructura creada para investigar la corrupción cuando ya había identificado doce casos ocurridos durante la pandemia. Hipócritamente, se rasgó las vestiduras de la honestidad por la administración discrecional de la partida secreta de Casa Presidencial. Pero no tardó en echar un tupido velo sobre su gestión. Más espeso que el de dicho fondo. Hace más de un año, el mismo Bukele reunió a sus colaboradores más cercanos en Casa Presidencial para advertirles severamente que no toleraría la corrupción. La amenaza se diluyó en el tiempo. Hasta ahora, no ha habido ningún avance destacado. A pesar del aviso presidencial, el oficialismo actúa como si la corrupción no existiera. Solo persigue a los corruptos caídos en desgracia, lo cual es más venganza que compromiso con una administración pública sana. Al igual que antes, la justicia del régimen de excepción se ensaña con delincuentes de poca monta mientras comulga con ruedas de molino. La corrupción es tan perniciosa como el poder absoluto. De hecho, los dos vicios van de la mano. El oficialismo necesita controlar la legislatura para impedir cuestionamientos sobre el enriquecimiento ilícito. El interés en un resultado electoral aplastante no es el bien común, sino preservar la posibilidad de desvalijar al Estado sin interferencias. Bukele podría comenzar a instaurar la ley y el orden metiendo en cintura a los suyos. Recursos para combatir la corrupción hay de sobra. El compromiso con la transparencia y la honestidad incluye a quienes se valen del poder para enriquecerse. El imperio de la ley y el orden trata a todos por igual y suele comenzar ahí donde la arbitrariedad es mayor. La experiencia aconseja escepticismo. El disimulo, el encubrimiento y la mentira descarada no perturban al oficialismo. Las estadísticas y la información están al servicio del engrandecimiento de la figura presidencial. De la misma manera que los diputados están convencidos de que legislar es gobernar, los voceros del modelo están persuadidos de que sus relatos adquieren realidad al verbalizarlos. Esta autosuficiencia llevó a la ministra de Educación a pretender ingresar en territorio hondureño luciendo su uniforme de fatiga militar, al margen de la diplomacia y la cortesía. La prepotencia fácilmente hace el ridículo. La administración negligente del Estado socava la institucionalidad y, en esa medida, impide la construcción de lo que han dado en llamar “el nuevo El Salvador”. Los enemigos más perniciosos del proyecto son los responsables de su ejecución, no los defensores de los derechos humanos y del medioambiente, ni los organismos internacionales, ni los fondos externos destinados a fortalecer la actividad de las organizaciones civiles. El enemigo más dañino bulle en las entrañas del modelo de Bukele. Si el único criterio es declarar que los de antes eran peores, el futuro ...
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  • Ni desarrollo, ni medioambiente
    Jun 26 2026
    Atribuir la crisis medioambiental al subdesarrollo como hace la cuenta en X de Bukele es un error de juicio que solo la empeora. El desarrollo sin más no ofrece ninguna solución. Sin embargo, el mandatario apuesta por esa vía para obtener los miles de millones de dólares que dice necesitar para limpiar los ríos, los lagos y las fuentes de agua, y para garantizar que permanezcan “limpios y brillantes”. Es una típica reacción a las críticas y a las protestas populares por la deforestación de El Espino. Aunque en su simpleza el planteamiento resulta atractivo, no resuelve nada. La crisis medioambiental no es causada solo por el subdesarrollo, ni el desarrollo la soluciona, sino la profundiza. El neoliberalismo es un depredador salvaje. Desde siempre, el capitalismo asumió que los recursos naturales son ilimitados y, por tanto, susceptibles de ser explotados sin contemplaciones. El liberalismo del siglo XIX estaba convencido de que el progreso, una vez empezado, sería incontenible. Reformó el ordenamiento institucional del Estado republicano, pero el progreso no llegó. Eso sí, colocó las bases para la progresiva destrucción del medioambiente. El subdesarrollo es la otra cara de la consolidación de la oligarquía agroexportadora. El desarrollo capitalista genera riqueza abundante, pero no proporciona forzosamente “los recursos necesarios para restaurar y proteger el medioambiente”, tal como asegura la presidencia. No lo hizo antes ni lo hará ahora. Mucho menos si le conceden toda clase de libertades, aun a costa de acrecentar los riesgos existentes en las zonas vulnerables. El desarrollo, entendido como industrialización y diversificación productiva, no superó la marginalidad y el atraso. A mediados del siglo pasado, los países latinoamericanos soñaron con imitar a los países asiáticos. El modelo no era replicable. Hoy, Bukele, pese a advertir que “la clave para salvar el medio ambiente no es mirar atrás”, parece resuelto a recuperar el modelo desarrollista fracasado para imitar a China, Japón y Singapur. Pero El Salvador no dispone del potencial material y humano para imitarlos. Los datos hablan por sí mismos. No solo es el país centroamericano con menor crecimiento económico, sino que la posibilidad de crecer está limitada históricamente por factores estructurales. Asimismo, es el país de la región con menor inversión extranjera directa, la cual más bien tiende a disminuir. A pesar de la propaganda, El Salvador no es atractivo. Además, su economía depende de la estadounidense, dado el peso enorme de las remesas. Ahora bien, el medioambiente y el desarrollo no son excluyentes. Este es necesario, pero debe estar ajustado a las posibilidades reales de un país con más de la tercera parte de su territorio extremadamente vulnerable a los deslizamientos de tierra y las inundaciones. La aproximación a un desarrollo sostenible a mediano y largo plazo requiere controlar las fuerzas indómitas del capitalismo neoliberal, que prioriza la explotación sobre la sostenibilidad. No obstante, la presidencia piensa el desarrollo en los términos del siglo XIX. Su idea es impulsar un desarrollo tan intenso, es decir, explotador, que arroje los miles de millones de dólares necesarios para invertir en la conservación del medioambiente. Pero para cuando llegue ese momento, habrá poco que restaurar y proteger. Sin embargo, no todo está perdido. Un plan de nación orientado a superar los factores estructurales que entorpecen el crecimiento y una voluntad política visionaria y fuerte, resistente a las protestas y los chantajes del capital, puede controlar sus ambiciones y dirigir un desarrollo sostenible encauzado a reducir la pobreza y la desigualdad, y a elevar el nivel de vida de las mayorías. Por ahora, no hay señales de un cambio de este calibre. La concurrencia tardía de altos funcionarios gubernamentales, incluido el ejército, a un complejo de apartamentos de lujo, cuyas fundaciones quedaron al aire libre por mala construcción, es una muestra de lo que no debe hacerse: remediar el desastre en vez de prevenirlo y ocuparse solícitamente de un edificio donde residen algunos diputados mientras que los habitantes de territorios vulnerables, también castigados por lluvias torrenciales, son abandonados a su suerte. La prevención debiera ser una actividad permanente y universal. Asimismo, es urgente intervenir lúcida y drásticamente dados los efectos cada vez más destructivos del cambio climático. El fenómeno de El Niño que ya hace sentir sus embates es una nueva advertencia. Atribuir los males del país a una sola causa es un paso en falso que solo agrava una crisis ya de por sí aguda. La solución tampoco es simple. Bukele crea la impresión de que la respuesta está al alcance, cuando, en realidad, su aproximación pospone de manera indefinida comenzar a poner manos a la obra. Crea la impresión de que el cambio está en camino para no cambiar. El ...
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  • Discernir el camino
    Jun 23 2026
    La democratización es un proceso y una aspiración colectiva a la que El Salvador no debe renunciar como sociedad. Por el contrario, es necesario insistir en su reactivación y significación antes de asumir propuestas de cambio que puedan desfigurar o desacreditar la democracia como horizonte sociopolítico. En general, a la democracia se le ha evaluado por sus formas, contenidos y resultados en diversas experiencias observadas. Sin dejar de ser objeto de debate y polémica en ámbitos académicos y políticos, es considerada la mejor vía para gestionar conflictos (sociales, económicos, políticos o ambientales), acceder a cargos públicos y ejercer el poder político-institucional con base en la contraloría social, la participación ciudadana, el Estado de derecho, el reconocimiento de la diversidad y el respeto a los derechos humanos. Bajo tal presupuesto, la búsqueda y valoración de proyectos sociopolíticos alternativos debería tener a la democratización como criterio básico, dando lugar al cuestionamiento sobre la posibilidad de que en dichos proyectos la contraloría social y la participación ciudadana sean reales y efectivas; que el Estado de derecho sea reconocido y fortalecido; que la inclusión no sea objeto de dudas y cuestionamientos; y que la sociedad tenga como faro normativo el respeto irrestricto a los derechos humanos. Está claro que la democracia, a nivel global, no pasa por su mejor momento. Los informes que cada año evalúan su salud muestran estancamientos y retrocesos en los procesos de democratización en todo el mundo y advierten que su crisis obedece a la desconexión entre los principios democráticos y las condiciones reales de vida de la población. ¿Cómo reconectar la idea de una democracia real y plena con la vida práctica de una sociedad golpeada por desengaños y frustraciones de larga data? Esta es una pregunta sin respuesta fácil. Sin embargo, para no caer en la parálisis ciudadana, en el desencanto y la apatía sociopolítica, es necesario impulsar procesos de formación ciudadana que permitan distinguir entre los proyectos que apuestan honestamente por la democratización y los que utilizan a la democracia como un eslogan al tiempo que ocultan propósitos que la desfiguran y anulan. En este sentido, es fundamental insistir en la importancia de la observación sistemática, ordenada y objetiva de los derechos humanos, porque constituye un ejercicio ciudadano fundamental y hace tomar conciencia de los avances y retrocesos en los procesos de democratización. En mayo, el Observatorio Universitario de Derechos Humanos, adscrito al Idhuca, presentó su informe anual correspondiente al año 2025. El documento señala que la crisis actual del proceso de democratización salvadoreño no podrá superarse sin respeto por la vida en todas sus expresiones y dimensiones, sin garantizar el acceso a la justicia con apego al debido proceso, sin proteger la libertad de expresión y sin promover la transparencia en la gestión pública. En el informe se recuerda al padre José María Tojeira, quien en su homilía del XXXV aniversario de los mártires de la UCA, celebrada en 2024, afirmó: “Hoy nos toca sembrar en medio del odio en las redes, en medio de la apariencia fingida de la propaganda falsa y grandiosa presentada como verdad”. Sus palabras interpelan e invitan a examinar críticamente los proyectos y decisiones que orientan al país. En un contexto marcado por el miedo a expresarse públicamente, la polarización, la desinformación y el debilitamiento de los espacios de participación, resulta indispensable preguntarnos hacia dónde conducen las opciones, acciones y apuestas que guían hoy en día a El Salvador. Solo desde ese ejercicio de discernimiento ciudadano será posible avanzar hacia una sociedad más justa, inclusiva y en paz.
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  • Excelencia en incompetencia
    Jun 19 2026
    Las infraestructuras grandes y resplandecientes tan características del modelo de Bukele, por lo general, poco después de inauguradas, presentan fallas de diseño, de ejecución, de seguridad o de funcionalidad. La sala de emergencias del hospital de Santa Ana se inundó recién remodelada. Lo mismo ocurrió en uno de los dos estadios emblemáticos de la capital durante una final del futbol nacional. Una zona comercial recién embellecida tuvo igual suerte. Deshicieron la obra para abrir desagües, que volvieron a fallar. Los habitantes de las zonas de alto riesgo, incluidas más de 450 escuelas, están a merced de las fuerzas geológicas, climatológicas e hidrológicas. Los funcionarios escurren el bulto. Unos acusan a quienes tiran basura al aire libre, una práctica muy común. Pero en siete años no han hecho ningún esfuerzo para educar sobre cómo disponer correctamente de los desperdicios. Tampoco han facilitado basureros funcionales. Los más creativos amenazan con vigilar y castigar. Estos funcionarios no han aprendido aún que los tragantes, las canaletas y los desagües deben ser limpiados periódicamente. Esperan la inundación para remediar. Otros culpan a “los años de abandono” anteriores a 2019. Siete años ha sido poco tiempo para revertir esa herencia. Cierto, la desidia no se supera de un día para otro, pero su ritmo de trabajo no está a la altura de las exigencias de la realidad. Argumentar la fuerza de los fenómenos climatológicos no los exime de responsabilidad. No solo permiten, sino también alientan la deforestación para levantar estructuras majestuosas como manifestación de desarrollo y modernidad. El deterioro del medioambiente hace más violentos los embates del clima. De todas maneras, es incomprensible que, a pesar de ello, se obstinen en construir mal. La primera marea viva se llevó el malecón del parque Sunset, un hito del régimen, por carecer de una barrera que amortiguara la fuerza del oleaje. Una de las escuelas recién remodeladas por un millón y medio de dólares debe ser intervenida de nuevo para reparar los daños causados por las lluvias. Más de un centenar de centros escolares sufrieron daños que pudieron evitarse. No es raro que las intervenciones en las calles secundarias, las escuelas periféricas y las plazas de los pueblos sean abandonadas sin haber sido concluidas. Y aquellas que han sido finalizadas, a veces, deben ser intervenidas de nuevo. El retraso en la reconstrucción de las escuelas públicas y los mercados municipales es proverbial. Los taludes de Los Chorros se resisten a permanecer quietos. Entretanto, las vías de comunicación son malas, los estudiantes asisten a clase en estructuras provisionales inadecuadas y el comercio sufre. Muchas de las nuevas estructuras no reciben el mantenimiento adecuado. El desgaste causado por el uso las despoja del encanto inicial. La estética de la fachada subestima la funcionalidad y la exigencia del mantenimiento adecuado. El recién inaugurado hospital es un buen ejemplo de esa tendencia que estima más la fachada que el uso y la funcionalidad. La invitación general a visitarlo, y a admirarlo, en horas saturó la sala de espera de un centro destinado a enfermedades graves y crónicas. La espera para pasar consulta o concertar una cita es interminable. La obsesión con la apariencia desvirtuó la finalidad de un hospital de tercer nivel con consecuencia graves, incluso fatales, para quienes demandan atención inmediata. El recorrido por las obras del modelo de Bukele puede alargarse, pero lo dicho es suficiente para comprobar que enfrenta un problema muy serio de operatividad. La incompetencia malogra sus mejores proyectos. El modelo tiene poca inteligencia para pensar, planificar y ejecutar. Reemplazó el talento con improvisación, lo cual tiene unos costos humanos y materiales imponderables. Y se deja llevar por impulsos primitivos, ansiosos por la gratificación inmediata sin medir las consecuencias. La incompetencia está también asociada con la corrupción. Las licitaciones y los contratos representan una oportunidad única para lucrarse a costa de un Estado manirroto. Otorga la ejecución de los proyectos a entidades sin experiencia, sin capacidad técnica y sin control de calidad, pero vinculadas a Casa Presidencial. La prioridad no es bienestar general, sino retribuir a los colaboradores leales. La eficacia de la exaltación de la figura presidencial en un hecho comprobado, pero frágil. El edificio del poder carece de fundamentaciones sólidas y sus dependencias, de contenido real. El muro de contención de esa estructura tan deslumbrante no ofrece garantías. Puede ceder en el momento menos pensado. La contradicción entre el encumbramiento de Bukele y la ineficiencia operativa es insostenible a largo plazo. El éxito estético es su peor enemigo, ya que carece de fundamentación sólida. Cuestión abierta es cuánto presión puede soportar antes de derrumbarse. De momento, es ...
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  • La civilización del amor en Magnifica humanitas y san Óscar Romero
    Jun 16 2026
    La primera encíclica del papa León XIV, titulada Magnífica humanitas, versa sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. El texto está estructurado en cinco capítulos y 245 párrafos. Uno de sus hilos conductores es la necesidad de construir una civilización del amor que enfrente las graves consecuencias que pueda generar la cultura del poder, potenciada por el paradigma tecnocrático. Otro hilo conductor y presupuesto de la encíclica es hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. En otras palabras, el texto busca responder a tres preguntas esenciales propias del pensamiento social cristiano: ¿cómo hacer más humana a la sociedad?, ¿cómo garantizar un mayor respeto a la persona? y ¿cómo cuidar y potenciar sus derechos? En el quinto capítulo, “La cultura del poder y la civilización del amor”, el papa compara dos lógicas opuestas: por un lado, la tentación de construir la torre de Babel, confiando en el poder y el orgullo; por otro, la paciencia de reconstruir Jerusalén, como en tiempos de Nehemías, “pieza por pieza”, cuidando lo humano y el bien común. Se trata de una elección decisiva que ha de realizar la ciudadanía ética, la “magnífica humanidad”. En los tiempos que vivimos, según León XIV, se está consolidando una cultura del poder en la que la disponibilidad de medios y la capacidad de dominar tienden a dictar la agenda y los criterios de decisión, relegando el bien común a un segundo plano. Más todavía, esa cultura del poder se expande normalizando la guerra, persiguiendo un poder militar cada vez mayor y alimentando un falso realismo, el cual repite que no existen alternativas. Pero la encíclica afirma que sí hay opciones. La propuesta es la civilización del amor. Para el papa, “la civilización del amor no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente. Consiste en traducir la caridad en estructuras de justicia, en dar cuerpo institucional a la fraternidad y en considerar al otro —ya sea persona o pueblo— como un aliado necesario para la construcción del bien común”. En este enfoque, la inteligencia artificial debería estar al servicio del potencial humano y de las más altas aspiraciones, no en competencia con ambos. Ahora bien, el papa advierte que “la civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización”. El Papa propone cinco vías de responsabilidad en la consecución de este proyecto. Primero, desarmar las palabras. La primera contribución que podemos hacer a una civilización más humana es prestar atención a nuestras palabras. Desarmando las palabras contribuiremos a desarmar la tierra. El poder de las palabras es enorme y lo experimentamos en la comunicación cotidiana cuando alguien dice algo que cambia el estado de ánimo, ya sea para bien o para mal. Segundo, construir la paz en la justicia. Todos, a cualquier nivel, podemos contribuir al fundamento de la paz, que es la justicia. De hecho, no buscamos una paz cualquiera, una ausencia de conflicto a cualquier precio, sino esa paz verdadera que nace de la justicia. Tercero, asumir la mirada de las víctimas. Hay situaciones en las que, para seguir siendo humanos, debemos abandonar las vacilaciones y tomar partido. Hay conflictos en los que no es justo permanecer neutrales y no basta pensar en “no ser cómplices”. Cuarto, cultivar un sano realismo. El realismo auténtico no renuncia a cambiar el mundo: comienza por ver con claridad los intereses, los miedos, las limitaciones y las relaciones de poder, precisamente para calcular qué es posible lograr y con qué pasos. Quinto, relanzar el diálogo. Para construir la civilización del amor, debemos ejercitar el diálogo. Este es el principal instrumento de la convivencia entre personas y entre pueblos, y es la alternativa al conflicto abierto. Comentario aparte merecen los números 124 y 125 del tercer capítulo, donde se habla de la grandeza de la persona humana. Ahí se dice que “algunos acontecimientos ayudan a ver que la historia puede cambiar cuando al menos un solo hombre o una sola mujer se toma realmente en serio la dignidad de todos”. En esta línea, se mencionan el movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos, vinculado al testimonio de Martin Luther King Jr., y el fin del apartheid en Sudáfrica después de la liberación de Nelson Mandela y su decisión de no poner el futuro en manos del odio. Asimismo, se habla de mujeres valientes y generosas como santa Laura Montoya, santa Teresa de Calcuta, Dorothy Day, Maria Sk?odowska-Curie, María Montessori, Elisabeth Elliot, Wangari Maathai, Benazir Bhutto y tantas otras de todos los continentes que con su esfuerzo han contribuido a hacer más humana la historia. Y al referirse a los mártires de la fraternidad...
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