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Editoriales y Opiniones

Editoriales y Opiniones

By: Radio YSUCA
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Editoriales y Opiniones de la UCA que se emiten vía YSUCA, 91.7FM y en línea www.ysuca.org.sv. Con temas de realidad nacional e internacional© 2026 Radio YSUCA Political Science Politics & Government
Episodes
  • ¿Cuán segura es la seguridad del modelo Bukele?
    Jan 30 2026
    Obviamente, es total. Una segunda cuestión vinculada a la anterior es si el uso de la fuerza brutal, implacable e inhumana es la única forma de conseguirla. De nuevo, la respuesta obvia es afirmativa. La obviedad de estas respuestas depende de cómo se entiendan la seguridad y la inseguridad. La disputa por el espacio del centro de la capital entre la informalidad y las fuerzas de seguridad que protegen las grandes inversiones del sector revela una profunda crisis de sobrevivencia. La concesión de una quincena de salario adicional a los trabajadores confirma la precariedad vital. El beneficio es cortoplacista e insuficiente. No incluye la informalidad ni el desempleo, que constituyen la mayor parte de la fuerza laboral. El apremio por sobrevivir en condiciones adversas hace atractivas tanto la actividad criminal como la respuesta punitiva, incluso justiciera, sin importar cuán arbitraria pueda ser. Las minorías acomodadas, ajenas a las angustias del no tener qué comer, piden mano dura despiadada. Pero, muy a su pesar, esta no garantiza su seguridad. Los criminales se adaptan. La evolución del fenómeno de las pandillas así lo muestra. La violencia, una vez desatada, se reproduce. La seguridad del modelo de Bukele es muy parcial. La estadística oficial de los homicidios no incluye formas de violencia como los feminicidios y las desapariciones, el abuso de poder y las violaciones, y la corrupción. Los responsables de la seguridad etiquetan como “terroristas” a los pandilleros y a los descontentos, mientras que a los corruptos los tratan con consideración. Según esto, la corrupción es diferente de la criminalidad, pero las dos están vinculadas. El régimen de excepción asimila lingüísticamente a los verdaderos delincuentes con los informales, los desempleados y los adversarios políticos para justificar la represión en nombre de “la seguridad ciudadana”. El alcance de la seguridad de Bukele es también muy limitado. No protege la vida, la dignidad humana y el acceso a los medios de subsistencia, a pesar de estar amenazados por el desempleo, el hambre, las enfermedades, la pobreza y la crisis ambiental. La “seguridad ciudadana”, en sentido estricto, comprende las dimensiones personal, comunitaria, alimentaria, sanitaria, de género, económica, política y ambiental. La inundación de un complejo de viviendas, autorizado pese encontrarse en una zona de alto riesgo ambiental, es otra muestra de las limitaciones de la seguridad del régimen de Bukele. En la práctica, el Estado es un factor determinante de la organización, la gestión y la reproducción de la violencia y de la expansión de la criminalidad, diferente a la de las pandillas, pero criminalidad, a fin de cuentas. En un primer momento, utilizó al ejército y a la policía militarizada para expulsar a los pandilleros de los espacios públicos. Concluida esa tarea, en vez de replegarlos, les asignó otra misión, una tan antigua como el mismo Estado salvadoreño: sostener y defender la dictadura de turno. El Estado siempre ha hecho uso de la violencia pública con permisividad notable, incluso para los estándares latinoamericanos. En la primera mitad del siglo XX, el ejército sostuvo a la oligarquía agroexportadora. En la segunda, controló a la oposición social y política de forma cada vez más violenta, incluso organizando y dirigiendo grupos de exterminio. La tarea del ejército no ha sido defender la república, sino el capital, primero liberal y ahora neoliberal, y de paso, promover los intereses institucionales y personales de su cúpula. Estas actividades violentas nunca han sido condenadas, sino presentadas como “seguridad nacional”. No es extraño, entonces, que, aun antes del surgimiento de las pandillas, la violencia social mostrara tasas elevadas. Incluso la tasa de homicidios era alta antes de la guerra civil. En la zona rural, el conflicto violento entre hombres armados con corvos, un arma defensiva aceptada, era común. En las zonas urbanas marginadas, donde se libraba una lucha feroz por la sobrevivencia, la violencia era cotidiana. Dicho de otra forma, las pandillas no son más que la expresión de una sociedad estructuralmente violenta. El modelo de Bukele desconoce que la violencia forma parte de la configuración del Estado. Ignora que él mismo es producto de esa violencia. El Estado y el capital utilizan la violencia para conservar un orden que privilegia sus intereses. Simultáneamente, esta violencia primera se reproduce en otras violencias. La fuerza es necesaria en algunas situaciones y siempre ejercida de forma comedida, pero no puede solucionar las crisis de sobrevivencia humana y ambiental. Es cierto, no hay Estado que no pueda con los criminales, como repite Bukele, pero si estos proliferan es porque aquel no cumple con su obligación primaria de velar por el bien común. El Estado es cómplice por partida doble: por no garantizar la seguridad ciudadana y por tolerar la ...
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    8 mins
  • La oración cristiana
    Jan 22 2026
    El papa León XIV lamenta, en el mensaje para la Jornada por la Paz de este año, la frecuencia con la que se “arrastra” la fe al combate político. La fe se usa para bendecir el nacionalismo y para justificar religiosamente la violencia y la lucha armada. Eso fue, justamente, el desayuno de oración exhibido hace unos días en cadena nacional. Los jefes de los tres poderes del Estado, encabezados por Bukele, algunos políticos estadounidenses y un selecto grupo de invitados se reunieron en el Palacio Nacional para rezar y desayunar. En su intervención, Bukele atribuyó directamente a Dios el éxito del régimen de excepción. Dios habría escuchado sus súplicas y las de su equipo de seguridad, y habría tomado en sus manos las riendas de la represión. Prueba fehaciente de que Dios provee cuando hay fe. La seguridad actual sería, pues, un portento divino, que nadie puede cuestionar ni explicar. Ni siquiera los expertos. Un milagro auténtico, cuyo secreto es la oración. Los países que han intentado replicar el modelo de Bukele han fracasado, porque solo tomaron el plan, pero no oraron. Si Dios es el autor directo de la seguridad, también es responsable del régimen de excepción, que incluye violencia, arbitrariedad e injusticia. Por tanto, las víctimas inocentes, las parejas y los hijos abandonados, y los muertos por causa de la tortura y la falta de cuidados médicos en las presiones del régimen deben resignarse y aceptar la voluntad de Dios. Su conformidad será recompensada infinitamente en la eternidad. Bukele dice que él no es más que el instrumento, el elegido, para hacer realizar esa voluntad divina providente. El papa, en cambio, pide a los creyentes desmentir “esas formas de blasfemia que opacan el santo nombre de Dios”. La justicia y la dignidad humanas, denuncia el mensaje, están “muy expuestas” al poder de los más fuertes y violentos, quienes han puesto la guerra de moda. Los poderosos del mundo usan el nombre de Dios para justificar sus desafueros. En esa misma línea, Bukele confía en que ese Dios, al que se encomienda, resolverá los problemas de empleo, salud, educación y medioambiente. Y si esas soluciones no llegan o tardan en aparecer, invita a confiar en su providencia. Dios sabe el cuándo y su tiempo es perfecto. Bukele solo reza. Esta postura es ajena a la tradición bíblica. El Dios de la Escritura actúa a través de enviados, a quienes encomienda una misión. Es el caso de Moisés, de los profetas y del mismo Jesús. Sin embargo, de vez en cuando aparecen impostores diciendo “yo soy”. El Evangelio avisa a la comunidad cristiana no creerles. El criterio del juicio final de Mateo 25 es claro. El discípulo de Jesús da de comer al hambriento y de beber al sediento, acoge al extranjero, viste al desnudo y visita al enfermo y al preso. En realidad, la cuestión ya está planteada en el Génesis, cuando Dios pregunta a Caín por su hermano y este responde que no es su guardián. El Dios de Jesús es un Dios de paz, que significa, en palabras de León XIV, proteger lo que es santo: la vida humana, sobre todo la más amenazada por un orden configurado por “enormes concentraciones de intereses económicos y financieros”, que “intenta sacar provecho de todo” y empujan a los políticos y a la sociedad a la violencia y la guerra. El Dios bíblico cuestiona ese orden desde el comienzo de la historia, tiene sueños que inspiran a sus profetas y está decidido a rescatar a la humanidad de las esclavitudes antiguas y nuevas. La justicia y el derecho, el diálogo y la escucha son los caminos que liberan de esas esclavitudes. El desafío consiste, según el papa, en configurar humanamente las relaciones sociales para vivir “una paz desarmada y desarmante”. Una paz que no solo rechaza toda forma de violencia, sino que también se esfuerza para desarmar a los violentos. El desayuno de oración, exhibido en cadena nacional a un país cuyas mayorías no tienen con qué hacer los tres tiempos, se parece a la oración del fariseo. Jesús se refirió a él para prevenir a sus discípulos. El fariseo entró ostentosamente en el templo para jactarse de no ser como los demás y de cumplir fielmente la ley, pero no salió justificado. Jesús recomienda al orante entrar en su habitación y cerrar la puerta para entrar en comunión íntima y personal con Dios. Y Él, que ve en lo secreto, lo recompensará. Dios no quiere la gloria de Bukele. La gloria de Dios, como dijo Mons. Romero, es el pobre que vive. En El Salvador de Bukele, las mayorías, que no fueron invitadas al desayuno de oración, no tienen una vida digna. Mons. Romero fue enviado por Dios para defenderlas y para exigir derecho y justicia. El pecado lo aplastó. Pensó que lo callaba, pero su palabra vive. * Rodolfo Cardenal, director del Centro Monseñor Romero.
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    6 mins
  • Imperio y dictadura
    Jan 21 2026
    La dictadura ya no es reprobable, sino bienvenida si está alineada con el poder imperial. El mismo criterio se aplica a los narcotraficantes y los corruptos. Así lo ha decretado la voluntad imperialista que capturó al gobernante de Venezuela y a su esposa. El aura imperial tiene un poder asombroso para glorificar y demonizar. El cambio de perspectiva es buena noticia para Bukele, cuya dictadura queda así confirmada. La incursión en Venezuela fue una demostración de poder duro para América Latina y el resto del mundo. No cualquier poderío militar tiene capacidad para intervenir o capturar a un déspota con tanta precisión. Pero el hecho debe ser tomado con cautela. Washington solo descabezó la dictadura; la estructura que la sostiene sigue intacta, aunque sometida a sus designios. Trump no busca sustituir la dictadura por la democracia, ni la arbitrariedad del déspota por el respeto de los derechos humanos. Tampoco pretende desmantelar un poderoso cartel del narcotráfico, tal como dijo, un delito que no figura en la acusación fiscal; sino apoderarse del petróleo venezolano. Trump confía en extraer “una enorme cantidad de riqueza del suelo”, la cual, asegura, compartirá, a su discreción, con el pueblo venezolano. El otro objetivo de la operación militar es afirmar la hegemonía de Estados Unidos en el hemisferio occidental. Trump alega que sus territorios y sus recursos naturales, ahora petróleo, pero también las tierras raras, le pertenecen. No tolerará desafío ni cuestionamiento sobre su dominio hemisférico. Todo ello en nombre de la seguridad nacional de Estados Unidos. Washington ha regresado al imperialismo del siglo XIX, pero equipado con las armas del siglo XXI. Invocar el derecho internacional no tiene sentido. La nueva versión del imperialismo no reconoce ninguna institución, ley o control internacional, por ser contrarias al proyecto estadounidense. La fuerza militar es el derecho. En el nuevo orden mundial, prevalece la voluntad del más fuerte. En la práctica, nadie puede exigir a Estados Unidos observar la legislación internacional. En realidad, el imperialismo de Trump no es ninguna novedad en el continente. Washington siempre ha intervenido en los asuntos internos de los países americanos de manera egoísta y brutal. Sin embargo, entre aquel imperialismo y el actual existe una diferencia importante. El antiguo hablaba de democracia, de orden interno y de derechos humanos, incluso de desarrollo económico, para intentar disimular sus verdaderas intenciones. El de Trump no las oculta. Las ventila descaradamente y se enorgullece de ellas. Con todo, cabe agradecer su honestidad. El Salvador de Bukele hizo a un lado su obstinada oposición a la injerencia extranjera en los asuntos internos de otro país y aplaudió la intervención de Washington en Venezuela. Aunque los dos regímenes son igualmente autoritarios y contrarios a la democracia, y en ambos el Estado es instrumento de corrupción, el de Maduro cayó, mientras que el de Bukele permanece. Venezuela atesora inmensos depósitos de petróleo codiciados por el imperio y tenía socios impresentables. Bukele no tiene petróleo, pero cae bien en los círculos de poder de Washington. Es complaciente y diligente. A la OEA, a la que antes descalificó como “ministerio de colonias de Washington”, le exige “un liderazgo real, decisiones firmes y compromisos con los principios democráticos”. En su seno declaró sin inmutarse que “ninguna persona, por poderosa que sea, está fuera de la ley” y que “todos los pueblos de las Américas merecen una región donde los principios de la democracia, legalidad y respeto a la dignidad humana no sean aspiraciones, sino realidades”. La diplomacia de Bukele prestó así un buen servicio al Washington imperialista en un foro tradicionalmente desconfiado de la administración estadounidense. Olvidada quedó la arrogancia nacionalista, soberanista y libertaria del primer Bukele. Mejor acogerse a la sombra del imperialismo que compartir destino con Maduro. El nuevo imperialismo de Washington no solo descabezó la dictadura venezolana, sino también autorizó a regímenes como el de Bukele a actuar contra sus enemigos con la misma intolerancia, brutalidad y crueldad. Pero a diferencia de Trump, Bukele lo disfraza de modernidad deslumbrante, de magnificencia y de liberalidad. Trump está tan seguro de su liderazgo, de su poderío y de sus habilidades negociadoras que no necesita esconderse. Contrario a las apariencias, los imperios y las dictaduras acaban mal. En su seno llevan el germen de la decadencia. Los imperios colapsan por agotamiento, víctimas de luchas internas de poder y de enemigos externos. Las dictaduras también pasan cuando los valedores del dictador lo descartan por considerarlo una carga improductiva. Los imperios y las dictaduras caen cuando los sometidos se levantan para liberarse de sus señores. Irán es un recordatorio muy oportuno del destino ...
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    7 mins
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