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Relatia Podcast

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By: Relatia.es
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Relatia.es es la plataforma donde los jóvenes escritores dan vida a sus historias. En este podcast escucharás cuentos originales creados por estudiantes de todas las edades: aventuras, fantasía, misterio y mucho más. Cada episodio es un cuento completo o un capítulo narrado, nacido de la creatividad y el trabajo colaborativo en el aula. Descubre el talento de la próxima generación de escritores. Ideal para familias, educadores y amantes de la literatura infantil y juvenil.Relatia.es Art Literary History & Criticism
Episodes
  • El espejo de Verne
    Jun 26 2026

    La mansión olía a polvo, a cerraduras oxidadas y a secretos que llevaban demasiado tiempo fermentando en la oscuridad. Adrián Verne cruzó el umbral con la llave que el notario le había entregado esa mañana junto con una frase que, en retrospectiva, debería haberle servido de advertencia: «Su abuelo dejó instrucciones muy específicas sobre lo que no debe tocarse». Adrián tenía veintiún años, un máster a medio terminar en psicología clínica y una relación con su familia que podría describirse como un campo de minas donde alguien había retirado los carteles de peligro. No había visto a su abuelo, el Dr. Hugo Verne, en más de diez años. Lo que sabía de él procedía de fragmentos: conversaciones a media voz entre sus padres, un artículo de periódico que encontró en internet sobre un psiquiatra brillante caído en desgracia, y una fotografía en blanco y negro donde un hombre de ojos penetrantes sostenía un espejo ovalado como si fuera un trofeo. El Dr. Hugo Verne había sido, según las fuentes que Adrián pudo rastrear, uno de los psiquiatras más innovadores y controvertidos de su generación. Especializado en fobias y trastornos de ansiedad, había desarrollado métodos experimentales que las universidades rechazaban y los pacientes aclamaban. «Sus técnicas funcionaban demasiado bien», escribió un colega en un obituario tibio. «El problema era que nadie entendía por qué.» Hugo murió solo, en esta misma mansión, una noche de noviembre. El forense dictaminó paro cardíaco, pero la expresión que encontraron en su rostro —congelada en lo que solo podía describirse como terror absoluto— sugería que su corazón no se había detenido por enfermedad, sino por algo que había visto. Adrián recorrió la planta baja con la cautela de un intruso. El vestíbulo era amplio, con un suelo de mármol ajedrezado y una escalera de madera oscura que ascendía hacia la penumbra del segundo piso. El salón conservaba los muebles de otra época: butacones de terciopelo verde, una chimenea de piedra tallada, estanterías que cubrían las paredes del suelo al techo con libros cuyos lomos Adrián leyó al pasar: Freud, Jung, William James, pero también títulos que no pertenecían a ningún catálogo académico convencional: «Topografía del Miedo», «El Umbral del Yo», «Cartografía de la Sombra». Fue en la biblioteca donde encontró la primera pista. Sobre el escritorio de Hugo, ordenada con una meticulosidad que contrastaba con el desorden del resto de la casa, había una carpeta con una etiqueta mecanografiada: «Proyecto Espejo. Solo para Adrián.» Adrián se sentó en la silla de su abuelo —que crujió como si protestara por el cambio de ocupante— y abrió la carpeta. Dentro había una carta manuscrita con la caligrafía angulosa de Hugo. «Adrián: Si lees esto, es que he muerto y que el notario ha cumplido su parte. Heredas esta casa no porque seas mi nieto, sino porque eres la única persona de esta familia que eligió estudiar la mente humana. Lo que encontrarás aquí no está en ningún libro de texto. He dedicado mi vida a comprender el miedo, y en este proceso he descubierto algo que la ciencia no está preparada para aceptar: el miedo no es solo una emoción. Es una entidad. Tiene forma, tiene voluntad y, bajo las condiciones adecuadas, puede manifestarse fuera de la mente que lo alberga. En el sótano encontrarás mi laboratorio. En el laboratorio encontrarás el Espejo. El Espejo es el resultado de cuarenta años de investigación. Funciona. Ese es el problema. No lo actives hasta que hayas leído todos mis diarios. Y bajo ninguna circunstancia te mires en él sin estar preparado. Tu abuelo, Hugo.» Adrián dejó la carta sobre el escritorio. Las manos le temblaban, no de miedo —todavía no—, sino de la excitación que siente un científico cuando intuye que está al borde de algo que cambiará su comprensión del mundo.

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    28 mins
  • El laberinto de las voces perdidas
    Jun 23 2026

    Mara siempre había sido la chica callada de la clase. No es que no tuviera cosas que decir, sino que cada vez que abría la boca sentía que las palabras se le enredaban en la garganta como hilos de lana mojada. Mientras sus compañeros levantaban la mano con entusiasmo para responder a las preguntas, ella se hundía un poco más en su silla, deseando ser invisible. —Mara, ¿podrías leer el siguiente párrafo en voz alta? —le pidió la profesora García un martes de noviembre. Mara sintió que el corazón le latía con tanta fuerza que seguramente todos podían oírlo. Abrió el libro, tomó aire y comenzó a leer. Su voz salió tan bajita que apenas se oía. Algunos compañeros se giraron con expresión confusa. —Un poco más alto, Mara —dijo la profesora con amabilidad. Pero cuanto más lo intentaba, más pequeña se sentía su voz, como si alguien estuviera bajando el volumen desde dentro. Cuando terminó de leer, tenía las mejillas ardiendo y un nudo en el estómago. Al acabar las clases, Mara se quedó recogiendo sus cosas despacio, como siempre hacía para evitar el bullicio del pasillo. Fue entonces cuando oyó algo extraño: un murmullo que parecía venir de debajo del suelo. Se agachó y pegó la oreja al linóleo frío. Sí, definitivamente había voces allí abajo, muchas voces hablando a la vez, como un coro desordenado. Siguió el sonido hasta el sótano de la escuela, un lugar donde guardaban material deportivo viejo y cajas polvorientas. La puerta estaba entreabierta y las escaleras bajaban hacia la oscuridad. Mara dudó. Ella no era la clase de niña que exploraba sótanos oscuros. Ella era la clase de niña que se sentaba en una esquina a dibujar en su cuaderno. Pero las voces la llamaban. No con palabras exactas, sino con algo más profundo, como una melodía que reconoces aunque nunca la hayas escuchado. Bajó los escalones de uno en uno, sujetándose a la barandilla oxidada. Al llegar abajo, la luz de su teléfono iluminó algo que no debería estar allí: una grieta en la pared del fondo, lo suficientemente grande como para que pasara una persona. Y de esa grieta salía un resplandor azulado y aquel murmullo constante. Mara se acercó con el corazón desbocado. Asomó la cabeza por la grieta y lo que vio la dejó sin aliento. Al otro lado había un pasadizo que se abría en múltiples direcciones, como las ramas de un árbol. Las paredes brillaban con una luz propia, como si estuvieran hechas de cristal iluminado desde dentro. Y en cada pared, grabadas en la piedra luminosa, había palabras. Miles de palabras que cambiaban constantemente, apareciendo y desapareciendo como peces en un estanque. —¡Hola, hola, hola! —dijo una voz que rebotó por el pasadizo. Mara dio un salto hacia atrás. —¡No te asustes, asustes, asustes! —continuó la voz—. Soy Rumor, el último eco libre de este laberinto,into, into. De entre las sombras apareció algo que Mara no supo cómo describir: una forma transparente y ondulante, como una burbuja de jabón con cara. Tenía dos ojos grandes y brillantes y una boca que se movía medio segundo después de que se oyeran sus palabras. —¿Qué es este lugar? —susurró Mara. —Este es el Laberinto de las Voces Perdidas, idas, idas —respondió Rumor flotando a su alrededor—. Aquí vienen a parar todas las voces de los niños que olvidan quiénes son, son, son. Mara miró las palabras que bailaban en las paredes y sintió un escalofrío. Algunas de esas palabras las reconocía. Eran cosas que ella había querido decir y nunca dijo.

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    28 mins
  • El club de los inventores
    Jun 18 2026

    Todo empezó el día que a Sofía se le rompió la cremallera del abrigo. Puede parecer un comienzo poco emocionante para una aventura, pero es que Sofía no era una niña corriente. Tenía siete años, unas gafas redondas que siempre se le resbalaban hasta la punta de la nariz y una forma de mirar las cosas rotas que habría dejado boquiabierto a cualquier ingeniero: en vez de tirarlas a la basura, las veía como oportunidades. Así que cuando la cremallera de su abrigo se atascó a la mitad, en vez de llorar o pedirle a su madre que se lo arreglara, dijo: «Necesito inventar una cremallera mejor». Su abuela Rosa, que vivía en la casa de al lado y tenía un garaje lleno de cachivaches que llevaba acumulando desde antes de que Sofía naciera, le ofreció el espacio. «Puedes usar el garaje para lo que quieras, bichito», le dijo con esa sonrisa arrugada que olía a galletas recién hechas. «Pero si haces explotar algo, avísame antes para que saque al gato». El garaje de la abuela Rosa era un tesoro: había cajas de herramientas oxidadas, motores de electrodomésticos que ya no funcionaban, carretes de alambre, tablones de madera, ruedas de bicicleta sin bicicleta, una colección de botones de todos los tamaños y colores, y un paraguas roto que llevaba allí desde 1987. Sofía llamó a sus tres mejores amigos para contarles el plan. Marcos llegó primero, corriendo desde su casa con un destornillador en el bolsillo y una sonrisa que le ocupaba toda la cara. Marcos tenía ocho años, era el mayor del grupo y se definía a sí mismo como «experto en desmontar cosas». Lo de volver a montarlas era otra historia: su habitación estaba llena de aparatos a medio desmontar que habían dejado de funcionar, pero eso a Marcos no le preocupaba. «Desmontar es investigar», decía siempre. «Montar es solo poner las piezas en su sitio». Después llegó Lina, la vecina de enfrente, que tenía seis años y medio y era la más pequeña del grupo pero también la más imaginativa. Lina veía posibilidades donde otros veían basura: un rollo de cartón del papel higiénico era un telescopio, una caja de zapatos era una casa para ratones astronautas, y una goma elástica era un sistema de propulsión. Tenía el pelo rizado y rebelde recogido en dos coletas que se movían como antenas cuando caminaba, y siempre llevaba un rotulador morado en el bolsillo «para apuntar ideas urgentes». El último en llegar fue Beto, que vivía tres casas más allá y era conocido en el barrio por dos cosas: su colección de enciclopedias infantiles, que leía con la pasión con que otros niños leían cómics, y su tendencia a explicar datos científicos en los momentos más inoportunos. Beto tenía siete años, usaba siempre una bata blanca de juguete que su madre le había comprado en una tienda de disfraces, y se presentaba como «científico en prácticas». Su frase favorita era «técnicamente hablando», que utilizaba al menos quince veces al día. Reunidos en el garaje de la abuela Rosa, con un tablón sobre dos cajas de herramientas como mesa de trabajo y un cartel hecho con rotuladores que decía «CLUB DE LOS INVENTORES – Solo se aceptan ideas locas», los cuatro amigos celebraron su primera reunión oficial. Sofía, que era la presidenta porque había sido su idea y porque era la que tenía acceso al garaje, expuso el plan: «Vamos a inventar cosas que ayuden al barrio. Máquinas, artilugios, lo que sea. Cada semana, un invento nuevo. ¿Quién se apunta?». Marcos levantó el destornillador. Lina levantó el rotulador morado. Beto levantó un dedo índice y dijo: «Técnicamente hablando, los grandes inventores de la historia fracasaron cientos de veces antes de conseguir algo útil. Así que estamos en buena compañía». Y así, sin más ceremonia que un grito de «¡Inventores, al ataque!» y un choque de manos que casi tira el cartel, el Club de los Inventores comenzó su andadura. Su primer invento fue, por supuesto, la Super Cremallera.

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    28 mins
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